Mi nombre es

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Comentario del director

Es bien sabido que Gilberto Aceves Navarro fue uno de los artistas mexicanos más importantes y prolíficos en las últimas seis décadas. Con numerosos reconocimientos por su labor como pintor, escultor, muralista y grabador, incluido el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2003, Gilberto también es comúnmente conocido como “El Maestro” o como una suerte maestro/mentor/gurú que influyó y transformó la vida de numerosas generaciones de jóvenes artistas, muchos de los cuales ahora conforman gran parte del panorama artístico mexicano a nivel mundial. Pero este efecto transformador de vidas no se limitó a los alumnos del Maestro. Gilberto fue para mi una gran influencia que moldeó de manera fundamental quién soy. Acompañar a mi padre desde niño en infinidad de inauguraciones, clases, eventos públicos e incluso, algunas de las legendarias fiestas en su taller quedaron profundamente grabados en mi ser, como surcos en una placa de cobre, o como pinceladas en una pintura. Gilberto mencionó en una entrevista que yo soy como un cuadro que ha estado pintando desde que nací.

Por eso, y como cometa en órbita excéntrica, siempre gravité alrededor de mi padre y su fascinante mundo, a pesar de haberme mudado a Nueva York a principios de los años 90s. Posiblemente fue por esa misma distancia física que en 2003 comencé a filmar cada viaje que realizamos juntos y cada visita que hacíamos el uno al país de residencia del otro, en ocasiones, múltiples veces por año. Y así fue como en ires y venires, que se  volvieron más frecuentes cada vez, transcurrieron los últimos 18 años de nuestra vida juntos, durante los cuales, recopilé más de 300 horas de material filmado en todo tipo de formatos y que retrata múltiples aspectos de la vida y carrera de mi padre, pero que también observa nuestra relación como padre-hijo, hijo-discípulo, hijo-cuidador y mi nueva realidad de hijo-huérfano, así como mi búsqueda personal de identidad como artista. 

 

A través de preguntas directas y entrevistas formales, así como charlas en las que simplemente dejé la cámara grabando mientras nos emborrachamos y platicabamos de todo y de nada, mi padre compartió conmigo un tesoro de ideas, conceptos (tanto artísticos, como de forma de ver la vida), añoranzas y anécdotas llenas de emoción en las que me cuenta de una y mil maneras diferentes, sus aventuras por la vida, la pintura, el amor, la enseñanza, el aprendizaje, los logros y las dolorosas pérdidas. Pero sobre todo, me revela -y a través de mi lente ahora a nosotros también- de maneras amorosas y a veces no tanto, su muy particular y cautivadora manera de ver e interpretarlo todo, diciendo a menudo que para saber pintar (sirva de metáfora para “vivir”), hay que estar consciente de las diezmil cosas que hay detrás de cada una de las diezmil cosas que te rodean. Una idea simple, pero que encierra una sabiduría inmensa, de la misma manera en que una pequeña palabra, un sencillo nombre, pueden conjugar todas esas experiencias de vida. Por eso para mi basta con llamar a esta historia: GILBERTO. Nombre qué, lejos de ser pequeño, simple o sencillo, es bello, y qué en palabras de la propia secretaria del registro civil (quién sugirió que así fuera llamado mi padre por ser el nombre de su novio) es, “el nombre del amor”

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